domingo, 26 de abril de 2020

Libertador



¿Recuerdan que alguna vez hubo un proyecto que sonaba apoteósico llamado “Bolívar The Liberator” y que terminó siendo una gran estafa? Muchos alabaron el hecho de que la iniciativa sonaba creativa e innovadora y que fue una verdadera lástima que haya sido una decepción
En este caso, la película se inició bien, pero terminó siendo para mí una verdadera estafa, con un final tan mediocre que echó todo por la borda: Una excitante y ambiciosa producción que contaba con una excelente fotografía, una buena imagen, unas logradas escenas, y todo ello echado a la nada, por meter forzados y rebuscados argumentos en la trama para hacerle coincidir con la ideología de turno.
Si nos sirve de consuelo, ya he mencionado que esto de querer reescribir la historia a una versión que conviene a la ideología está de moda en Europa, películas como Ágora, y La otra Bolena (La otra mujer del rey), series como Los Borgia, muchos documentales pseudohistóricos están a la orden del día para inyectar en el inconsciente colectivo, poco dado a la lectura, una visión cambiada de lo que fue realmente la historia, que no aguantan ni el más mínimo análisis histórico, pero que lamentablemente la mayoría cree porque es poco dada a leer, analizar y cuestionar.
Entre las notables impresiciones de la película tenemos que, nos duela o no, Bolívar nunca fue venezolano. Esto se afirma por simple lógica: Venezuela era Capitanía General, es decir, territorio español. Cuando él murió estaba en Santa Marta, Colombia, por lo tanto, no llegó a vivir lo que fue la fundación de Venezuela como república, ya que fue Páez, el siempre pintado como traidor, el que la estableció, es decir, que el “padre de la Patria” es Páez.
Claro está que, ahora de nada valen ahora los documentos históricos, actas, correspondencias, declaraciones (incluso la que fue encontrada dentro del sarcófago de Bolívar cuando fue abierto por el anterior Gobierno) sobre la salud de Bolívar y su muerte por tuberculosis. La película concluye que no, que Bolívar no murió de muerte natural, fue víctima de un complot. Justo cuando nuestras librerías actualmente sobreviven, más que se mantienen, con títulos de moda y se ven en ella anaqueles vacíos y pura papelería, sin libros de historia, nos salen con esta clase de redefiniciones históricas, el presente luce tan orweliano que aterra.
Aparece un Simón Rodríguez con un perfil tal que uno termina por plantearse: “si este no es izquierdista trasnochado, lo andan buscando”. Luce tan patéticamente contestatario que parece por momentos caricaturesco y ridículo, aparece de su parte un venenoso ataque a la Iglesia como “estructura de opresión”. Si no fuese porque bien se conoce cómo procede la ideología que hoy estamos viviendo, y no se supiese públicamente quién financió la película, no se entendería el que se quiera negar ahora la innegable participación de la Iglesia Católica en el proceso de la libertad de Venezuela. Como ya se dijo en el editorial de este mes, la mentira tiene patas cortas, simplemente vayan a lo que dice, por ejemplo, el Acta de Independencia y lo que dice del reconocimiento a Dios y a la Iglesia.
En la película Bolívar afirma haber asimilado bien las “enseñanzas” de ese personaje con el que caricaturizaron a Rodríguez, sin embargo, en la vida real, Simón Bolívar declaró: “Sin la conciencia de la religión la moral carece de base” (Al Padre Justiniano Gutiérrez. Bogotá, 1828).
En su testamento, Bolívar manifestó el deseo de que sus restos reposasen en Caracas; en 1843 fueron trasladados desde Santa Marta, Colombia, y depositados en la Capilla de la Santísima Trinidad, junto a sus padres y esposa. En la Catedral de Caracas están familiares del Libertador enterrados. La familia Bolívar era incluso dueña de la mencionada capilla, hoy Panteón Nacional, ya sabemos que ahora sus restos fueron movidos a una “pirámide”, es decir, un sitio con una forma exenta de especulaciones de sentido ocultista en su trasfondo.
Entre otras declaraciones de Bolívar tenemos: “…La Fiesta de la Santísima Trinidad que se haga todos los años con la misma decencia que se ha acostumbrado antes, porque yo no quiero lujo en nada, pero tampoco indecencia” (Guayaquil el 29 de mayo de 1823. Carta al Sr. Anacleto Clemente, su sobrino y apoderado).
Otra declaración de Bolívar fue: “Me siento morir, mi plazo se cumple y tengo que darle a Dios una cuenta terrible como terrible ha sido la agitación de mi vida, yo quiero morir rodeado de mis antiguos compañeros, con un sacerdote a mi lado y con el crucifijo en las manos…” (Carta al General Flores, después del asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre).
Bolívar no fue perfecto, fue humano también y cometió errores: Entre las circusntancias más oscuras de su vida estuvo precisamente la discusión o no de las circunstancias en las cuales entregó a Miranda (al cual pintan de prepotente y desubicado), el fusilamiento de Manuel Piar (ahí no aparece, no se preocupen). Esta sobreidealización pasa por alto documentos históricos como este:
«Esos señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército, porque realmente está y porque ha conquistado este pueblo de mano de los tiranos; porque además es el pueblo que quiere, el pueblo que obra y el pueblo que puede; todo lo demás es gente que vegeta con más o menos malignidad, o con más o menos patriotismo, pero todos sin ningún derecho a ser otra cosa que ciudadanos pasivos. Esta política, que ciertamente no es la de Rousseau, al fin será necesario desenvolverla para que no nos vuelvan a perder esos señores. Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta de lanudos, arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos del Patía, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y América que, como gamos, recorren las soledades de Colombia. ¿No le parece a usted, mi querido Santander, que esos legisladores, más ignorantes que malos, y más presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la tiranía, y siempre a la ruina? Yo lo creo así y estoy cierto de ello. De suerte que si no son los que completan nuestro exterminio, serán los suaves filósofos de la legitimada Colombia». (Carta de Bolívar a Santander, del 13 de junio de 1821). Nada se gana con querer convertirle en un semidiós, repito por eso que hay que saber que fue un hombre excepcional, pero hombre, con limitaciones y defectos, y que cometió errores.
Respecto a Bolívar y la Iglesia Católica, del testamento del Libertador tenemos: En nombre de Dios todo Poderoso, Amén. Yo, Simón Bolívar, Libertador de la República de Colombia, natural de la ciudad de Caracas en el Departamento de Venezuela, hijo legitimo de los señores Juan Vicente Bolívar y María Concepción Palacios, difuntos, vecinos que fueron de dicha ciudad, hallándome gravemente enfermo, pero en mi entero y cabal juicio, memoria y entendimiento natural, creyendo y confesando como firmemente creo y confieso el alto y soberano misterio de la Beatísima y Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo tres personas distintas y un solo Dios verdadero: y en todos los demás misterios que cree, predica y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya fe y creencia he vivido y protesto vivir hasta la muerte, como Católico fiel Cristiano, para estar prevenido cuando la mía me llegue con disposición testamental, bajo la invocación divina, hago, otorgo y ordeno mi Testamento en la forma siguiente:
Primeramente encomiendo mi Alma a Dios nuestro Señor que de la nada la crió, y el cuerpo a la tierra de que fue formado, dejando a disposición de mis albaceas el funeral y entierro, y el pago de las mandas que sean necesarias para obras pías, y estén prevenidas por el gobierno (...).
Luego, en sus párrafos finales dice: Yo revoco, anulo, y doy por de ningún valor ni efecto otros testamentos, codicilos, poderes y memorias que antes de este haya otorgado por escrito, de palabra o en otra forma para que no prueben ni hagan fe en juicio, ni fuera de él, salvo el presente que ahora otorgo como mi última y deliberada voluntad, o en aquella vía y forma que más halla lugar en derecho. En cuyo testimonio así lo otorgo en esta hacienda San Pedro Alejandrino de la comprensión de la ciudad de Santa Marta a diez de diciembre de mil ochocientos treinta. Esto lo cito por si alguien desea salir por ahí con alguna otra declaración estrambótica.
Ya para concluir: Como dije antes, y repito, la mentira tiene patas cortas. Es una pena, tanto esfuerzo para terminar en esta bobaliconada, y lo percibí en la cara de muchos de los que salieron del cine, era una suma de desencanto con decepción, como cuando uno sale callado luego de haber visto una mala obra. Un final tan bobo para una obra que pudo ser inolvidable.
Maiquel Yojáinder Machado Palmar, periodista / crítico de cine

Publicado inicialmente en la revista Familia Cristiana, Digital, de la Sociedad de San Pablo de Venezuela #SociedadDeSanPablo en julio de 2014

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