¿Recuerdan que alguna vez hubo un proyecto que sonaba apoteósico
llamado “Bolívar The Liberator” y que
terminó siendo una gran estafa? Muchos alabaron el hecho de que la
iniciativa sonaba creativa e innovadora y que fue una verdadera
lástima que haya sido una decepción
En
este caso, la película se inició bien, pero terminó siendo para mí
una verdadera estafa, con un final tan mediocre que echó todo por la
borda: Una excitante y ambiciosa producción que contaba con una
excelente fotografía, una buena imagen, unas logradas escenas, y
todo ello echado a la nada, por meter forzados y rebuscados
argumentos en la trama para hacerle coincidir con la ideología de
turno.
Si
nos sirve de consuelo, ya he mencionado que esto de querer reescribir
la historia a una versión que conviene a la ideología está de
moda en Europa, películas como Ágora, y La otra Bolena
(La otra mujer del rey), series como Los Borgia, muchos
documentales pseudohistóricos están a la orden del día para
inyectar en el inconsciente colectivo, poco dado a la lectura, una
visión cambiada de lo que fue realmente la historia, que no aguantan
ni el más mínimo análisis histórico, pero que lamentablemente la
mayoría cree porque es poco dada a leer, analizar y cuestionar.
Entre
las notables impresiciones de la película tenemos que, nos duela o
no, Bolívar nunca fue venezolano. Esto se afirma por simple lógica:
Venezuela era Capitanía General, es decir, territorio español.
Cuando él murió estaba en Santa Marta, Colombia, por lo tanto, no
llegó a vivir lo que fue la fundación de Venezuela como república,
ya que fue Páez, el siempre pintado como traidor, el que la
estableció, es decir, que el “padre de la Patria” es Páez.
Claro
está que, ahora de nada valen ahora los documentos históricos,
actas, correspondencias, declaraciones (incluso la que fue encontrada
dentro del sarcófago de Bolívar cuando fue abierto por el anterior
Gobierno) sobre la salud de Bolívar y su muerte por tuberculosis. La
película concluye que no, que Bolívar no murió de muerte natural,
fue víctima de un complot. Justo cuando nuestras librerías
actualmente sobreviven, más que se mantienen, con títulos de moda y
se ven en ella anaqueles vacíos y pura papelería, sin libros de
historia, nos salen con esta clase de redefiniciones históricas, el
presente luce tan orweliano que aterra.
Aparece
un Simón Rodríguez con un perfil tal que uno termina por
plantearse: “si este no es izquierdista trasnochado, lo andan
buscando”. Luce tan patéticamente contestatario que parece por
momentos caricaturesco y ridículo, aparece de su parte un venenoso
ataque a la Iglesia como “estructura de opresión”. Si no fuese
porque bien se conoce cómo procede la ideología que hoy estamos
viviendo, y no se supiese públicamente quién financió la película,
no se entendería el que se quiera negar ahora la innegable
participación de la Iglesia Católica en el proceso de la libertad
de Venezuela. Como ya se dijo en el editorial de este mes, la mentira
tiene patas cortas, simplemente vayan a lo que dice, por ejemplo, el
Acta de Independencia y lo que dice del reconocimiento a Dios y a la
Iglesia.
En
la película Bolívar afirma haber asimilado bien las “enseñanzas”
de ese personaje con el que caricaturizaron a Rodríguez, sin
embargo, en la vida real, Simón Bolívar declaró: “Sin la
conciencia de la religión la moral carece de base” (Al Padre
Justiniano Gutiérrez. Bogotá, 1828).
En
su testamento, Bolívar manifestó el deseo de que sus restos
reposasen en Caracas; en 1843 fueron trasladados desde Santa Marta,
Colombia, y depositados en la Capilla de la Santísima Trinidad,
junto a sus padres y esposa. En la Catedral de Caracas están
familiares del Libertador enterrados. La familia Bolívar era incluso
dueña de la mencionada capilla, hoy Panteón Nacional, ya sabemos
que ahora sus restos fueron movidos a una “pirámide”, es decir,
un sitio con una forma exenta de especulaciones de sentido ocultista
en su trasfondo.
Entre
otras declaraciones de Bolívar tenemos: “…La Fiesta de la
Santísima Trinidad que se haga todos los años con la misma decencia
que se ha acostumbrado antes, porque yo no quiero lujo en nada, pero
tampoco indecencia” (Guayaquil el 29 de mayo de 1823. Carta al
Sr. Anacleto Clemente, su sobrino y apoderado).
Otra
declaración de Bolívar fue: “Me siento morir, mi plazo se
cumple y tengo que darle a Dios una cuenta terrible como terrible ha
sido la agitación de mi vida, yo quiero morir rodeado de mis
antiguos compañeros, con un sacerdote a mi lado y con el crucifijo
en las manos…” (Carta al General Flores, después del
asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre).
Bolívar
no fue perfecto, fue humano también y cometió errores: Entre las
circusntancias más oscuras de su vida estuvo precisamente la
discusión o no de las circunstancias en las cuales entregó a
Miranda (al cual pintan de prepotente y desubicado), el fusilamiento
de Manuel Piar (ahí no aparece, no se preocupen). Esta
sobreidealización pasa por alto documentos históricos como este:
«Esos
señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos,
sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército,
porque realmente está y porque ha conquistado este pueblo de mano de
los tiranos; porque además es el pueblo que quiere, el pueblo que
obra y el pueblo que puede; todo lo demás es gente que
vegeta con más o menos malignidad, o con más o menos
patriotismo, pero todos sin ningún derecho a ser otra cosa que
ciudadanos pasivos. Esta política, que ciertamente no es la de
Rousseau, al fin será necesario desenvolverla para que no nos
vuelvan a perder esos señores. Piensan esos caballeros que Colombia
está cubierta de lanudos, arropados en las chimeneas de Bogotá,
Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del
Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de
Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos del
Patía, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare
y sobre todas las hordas salvajes de África y
América que, como gamos, recorren las soledades
de Colombia. ¿No le parece a usted, mi querido Santander, que esos
legisladores, más ignorantes que malos, y más presuntuosos que
ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la
tiranía, y siempre a la ruina? Yo lo creo así y estoy cierto de
ello. De suerte que si no son los que completan nuestro exterminio,
serán los suaves filósofos de la legitimada Colombia». (Carta
de Bolívar a Santander, del 13 de junio de 1821). Nada se gana con
querer convertirle en un semidiós, repito por eso que hay que saber
que fue un hombre excepcional, pero hombre, con limitaciones y
defectos, y que cometió errores.
Respecto
a Bolívar y la Iglesia Católica, del testamento del Libertador
tenemos: En nombre de Dios todo Poderoso, Amén. Yo,
Simón Bolívar, Libertador de la República de Colombia, natural de
la ciudad de Caracas en el Departamento de Venezuela, hijo legitimo
de los señores Juan Vicente Bolívar y María Concepción Palacios,
difuntos, vecinos que fueron de dicha ciudad, hallándome gravemente
enfermo, pero en mi entero y cabal juicio, memoria y entendimiento
natural, creyendo y confesando como firmemente creo y confieso el
alto y soberano misterio de la Beatísima y Santísima Trinidad,
Padre, Hijo y Espíritu Santo tres personas distintas y un solo Dios
verdadero: y en todos los demás misterios que cree, predica y enseña
nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana,
bajo cuya fe y creencia he vivido y protesto vivir hasta la muerte,
como Católico fiel Cristiano, para estar prevenido cuando
la mía me llegue con disposición testamental, bajo la invocación
divina, hago, otorgo y ordeno mi Testamento en la forma siguiente:
1°
Primeramente encomiendo mi Alma a Dios nuestro Señor
que de la nada la crió, y el cuerpo a la tierra de que fue formado,
dejando a disposición de mis albaceas el funeral y entierro, y el
pago de las mandas que sean necesarias para obras pías, y estén
prevenidas por el gobierno (...).
Luego,
en sus párrafos finales dice: Yo revoco, anulo, y doy
por de ningún valor ni efecto otros testamentos, codicilos, poderes
y memorias que antes de este haya otorgado por escrito, de
palabra o en otra forma para que no prueben ni hagan fe en juicio, ni
fuera de él, salvo el presente que ahora otorgo como mi última y
deliberada voluntad, o en aquella vía y forma que más halla lugar
en derecho. En cuyo testimonio así lo otorgo en esta hacienda San
Pedro Alejandrino de la comprensión de la ciudad de Santa Marta a
diez de diciembre de mil ochocientos treinta. Esto lo cito por si
alguien desea salir por ahí con alguna otra declaración
estrambótica.
Ya
para concluir: Como dije antes, y repito, la mentira tiene patas
cortas. Es una pena, tanto esfuerzo para terminar en esta
bobaliconada, y lo percibí en la cara de muchos de los que salieron
del cine, era una suma de desencanto con decepción, como cuando uno
sale callado luego de haber visto una mala obra. Un final tan bobo
para una obra que pudo ser inolvidable.
Maiquel Yojáinder Machado Palmar, periodista / crítico de cine
Publicado inicialmente en la revista Familia Cristiana, Digital, de la Sociedad de San Pablo de Venezuela #SociedadDeSanPablo en julio de 2014

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