domingo, 26 de abril de 2020

Maléfica



El ataque sutil de los valores tradicionales mediante el cine vuelve otra vez. Detrás de un cuento de hadas, modernizado en su totalidad, y adaptado a los valores “progresistas” que esta sociedad mercantilista quiere promover se esconde mucha tela para cortar y para mirar con “malicia”.
Lo primero, es el nombre: “Maléfica”, el adjetivo maléfico, según el diccionario, dice, en sus diferente acepciones:
adj. Que perjudica y hace daño a otro con maleficios: bruja maléfica.
Que ocasiona o es capaz de ocasionar daño: comentario maléfico; influencia maléfica.
m. y f. Persona que practica hechicerías,[fj. brujo.
Obvio que si la película trata de magia, no puedo ser tan fanático en pensar que no la habrá, de hecho, crecí leyendo esas historias, y eso no me hizo un practicante de la brujería, pero no es lo que tratas, sino el cómo lo tratas. Alguien que se llame “maléfico”, es decir, que practique brujería, tenga aspecto demoníaco, y se presente como bueno, ¿un “hada madrina”, con cuernos y alas tipo demonio? Saque usted sus propias conclusiones. Como dice el exorcista Bruno Fortea, no hay magia buena, o blanca, toda magia es mala, porque en la vida real obedece a la intervención de entidades demoníacas, por muy bueno que luzca su propósito.
Otro punto malicioso es el final de la historia, al igual que Frozen, o Valiente, apunta hacia los nuevos valores de la sociedad actual: El de no apostar ya por el “vivieron felices por siempre”, ni el de considerar como amor verdadero el que se da entre un hombre y una mujer, ya no más historias de hombres y mujeres que por el amor lo sortean todo, ya no más historias de tipo Amadís de Gaula, Bella Durmiente, etc., que reflejan aquellos valores de la Edad Media, tan acusada de oscurantista, (o la Antigüedad misma, con historias tipo La Odisea, con la fiel Penélope) en la que los caballeros andantes hacían todo en honor y amor de su amada, ni de las damas que esperaban fielmente por su amado... ahora el mercado apunta hacia la mujer que debe realizarse a sí misma y casi que rescatarse ella, para ser feliz y, tal vez, sólo tal vez, permitirse amar a alguien.
En pocas palabras: En el inconsciente colectivo de las nuevas generaciones quedará a partir de ahora la huella de las mujeres “emprendedoras” y “valientes” que ya no apuestan por el matrimonio como prioridad sino como una etapa prorrogable de su vida, casi accesoria, que ya no representa una cristalización del amor verdadero. Ahora el amor fraterno, o cualquier otro, es más auténtico que el que pueda nacer de una unión de hombre mujer. De nuevo, la familia siendo atomizada, con la posibilidad de la salida fácil del divorcio. Que quede claro, las nuevas princesas Disney ya no buscan el amor, buscan la propia realización, individualista, no de vínculo amor-romance-matrimonio, estable y a las renuncias y sacrificios personales que para ambos implica.
Respecto a los valores positivos: Sí, los tiene. Muestra varios. No puedo decir que es una mala película, solo que el trasfondo me parece sospechoso. Tiene valores como el perdón, en especial por parte de la sanación de las heridas que inducen a la venganza. Tiene un halo conservacionista, pero bien sabemos que el neocomunismo actual pasa por llevar a muchos al ecologismo, veganismo que muchos están llevando a niveles de fanatismo. Habla de la capacidad de amar por encima del orgullo. Es una bonita historia, logra enternecer por momentos, tiene también su halo de humor sutil, que logra pasearse muy equilibradamente con sus escenas de drama.
En conclusión: Es para verla y discutirla en familia, desde estos nuevos valores que propone y los que propone la visión cristiana del mundo.

Maiquel Yojáinder Machado Palmar, periodista / crítico de cine
Publicado inicialmente en la revista Familia Cristiana, Digital, de la Sociedad de San Pablo de Venezuela #SociedadDeSanPablo en junio de 2014

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