El ataque sutil de los valores tradicionales mediante el cine vuelve otra
vez. Detrás de un cuento de hadas, modernizado en su totalidad, y
adaptado a los valores “progresistas” que esta sociedad
mercantilista quiere promover se esconde mucha tela para cortar y
para mirar con “malicia”.
Lo
primero, es el nombre: “Maléfica”, el adjetivo maléfico, según
el diccionario, dice, en sus diferente acepciones:
adj.
Que perjudica y hace daño a otro con maleficios: bruja maléfica.
Que
ocasiona o es capaz de ocasionar daño: comentario maléfico;
influencia maléfica.
m.
y f. Persona que practica hechicerías,[fj. brujo.
Obvio
que si la película trata de magia, no puedo ser tan fanático en
pensar que no la habrá, de hecho, crecí leyendo esas historias, y
eso no me hizo un practicante de la brujería, pero no es lo
que tratas, sino el cómo lo tratas. Alguien que se llame “maléfico”,
es decir, que practique brujería, tenga aspecto demoníaco, y se
presente como bueno, ¿un “hada madrina”, con cuernos y alas tipo
demonio? Saque usted sus propias conclusiones. Como dice el exorcista
Bruno Fortea, no hay magia buena, o blanca, toda magia es mala,
porque en la vida real obedece a la intervención de entidades
demoníacas, por muy bueno que luzca su propósito.
Otro
punto malicioso es el final de la historia, al igual que Frozen,
o Valiente, apunta hacia los nuevos valores de la sociedad
actual: El de no apostar ya por el “vivieron felices por siempre”,
ni el de considerar como amor verdadero el que se da entre un hombre
y una mujer, ya no más historias de hombres y mujeres que por el
amor lo sortean todo, ya no más historias de tipo Amadís de
Gaula, Bella Durmiente, etc., que reflejan aquellos
valores de la Edad Media, tan acusada de oscurantista, (o
la Antigüedad misma,
con historias tipo La
Odisea, con la fiel
Penélope) en la que los caballeros andantes hacían todo en
honor y amor de su amada, ni de las damas que esperaban fielmente por
su amado... ahora el mercado apunta hacia la mujer que debe
realizarse a sí misma y casi que rescatarse ella, para ser feliz y,
tal vez, sólo tal vez, permitirse amar a alguien.
En
pocas palabras: En el inconsciente colectivo de las nuevas
generaciones quedará a partir de ahora la huella de las mujeres
“emprendedoras” y “valientes” que ya no apuestan por el
matrimonio como prioridad sino como una etapa prorrogable de su vida,
casi accesoria, que ya no representa una cristalización del amor
verdadero. Ahora el amor fraterno, o cualquier otro, es más
auténtico que el que pueda nacer de una unión de hombre mujer. De
nuevo, la familia siendo atomizada, con la posibilidad de la salida
fácil del divorcio. Que quede claro, las nuevas princesas Disney
ya no buscan el amor, buscan la propia realización, individualista,
no de vínculo amor-romance-matrimonio, estable y a las renuncias y
sacrificios personales que para ambos implica.
Respecto
a los valores positivos: Sí, los tiene. Muestra varios. No puedo
decir que es una mala película, solo que el trasfondo me parece
sospechoso. Tiene valores como el perdón, en especial por parte de
la sanación de las heridas que inducen a la venganza. Tiene un halo
conservacionista, pero bien sabemos que el neocomunismo actual pasa por llevar a muchos al ecologismo, veganismo que muchos están llevando a niveles de fanatismo. Habla de la capacidad de amar por encima del
orgullo. Es una bonita historia, logra enternecer por momentos, tiene
también su halo de humor sutil, que logra pasearse muy
equilibradamente con sus escenas de drama.
En
conclusión: Es para verla y discutirla en familia, desde estos
nuevos valores que propone y los que propone la visión cristiana del
mundo.
Maiquel Yojáinder Machado Palmar, periodista / crítico de cine
Publicado inicialmente en la revista Familia Cristiana, Digital, de la Sociedad de San Pablo de Venezuela #SociedadDeSanPablo en junio de 2014

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