Percy Jackson y el ladrón del
Rayo
Debo
decir que, como católico me amargó un poco la tarde, y no fue,
créanme porque es una mala película, si no porque me hizo pensar en
lo que nosotros como católicos estamos dejando de hacer y lo que no
estamos haciendo para ser más pedagógicos al momento de ayudar a un
joven a encontrarle sentido a su vida.
¿Por
qué digo esto? Percy Jackson y el ladrón del Rayo es una historia
que actualiza magistralmente las ya trilladas historias sobre la
mitología griega, y claro está, si para los mormones Estados Unidos
representa la Nueva Jerusalén, para esta película Estados Unidos es
el Nuevo Olimpo.
Empecemos
por esto... El protagonista es un joven adolescente con bastantes
problemas en su vida diaria, suficientes como para sentirse miserable
de manera permanente: su madre vive con un borracho machista; es
disléxico; su mejor amigo es un “lisiado”; se siente miserable e
incomprendido; no conoció a su verdadero padre; y no le encuentra
sentido a la vida, hasta que algo cambia.
Ese
“algo” que cambia, es precisamente lo que empezó a amargarme la
tarde: El joven descubre que es el hijo de un dios, que siempre ha
estado pendiente de él, aunque no de la forma en la cual él
esperaba (¿Hay alguna película, que haga que un joven adolescente
sienta orgullo de ser un bautizado, y por lo tanto reconocido
oficialmente como un hijo de Dios? ¿Una que le diga lo maravilloso
que es abandonarse a la Providencia Divina? ¿Orgulloso de ser un
hijo de Dios?). Su amigo “lisiado” termina mostrándole por qué
no debemos subestimar a nadie, y eso sin hacer reflexiones
sentimentaloides que pretenden ser moralizantes, ni inyectarle
culpabilidad a nadie sobre el tema de los minusválidos y la forma de
ayudarles.
En
la vida de ese joven hay muchos cambios interesantes, todo en medio
de amenas actualizaciones de las historias mitológicas, que, a mi
modo de ver, son una excelente herramienta pedagógica que suscita el
interés por la mitología.
Es
una trama adolescente, habla de la edad en la que muchos nos sentimos
verdaderamente infelices por todo lo que nos pasa, en la cual estamos
buscando nuestro lugar en el mundo y a veces sin mucho tiempo para
detenernos a reflexionar. En cuanto a su relación con su madre: él
termina descubriendo la capacidad que tienen las madres de hacer
sacrificios por los hijos, al punto de apartarse y renunciar a ellos
para dejar que puedan realizarse como personas.
También
hay lugares comunes del cine: cuando le entregan un arma y él se
queja porque le parece un aparato insignificante, el hecho de que se
“rechace” la posibilidad de tener un mejor destino o la misión
que se debe tomar, queriendo vivir la vida que se vive.
Me
encantó la interpretación de la sexy Uma Thurman como Medusa,
admito que por una u otra causa me hubiese quedado tieso al verla, es
que lo sexy no se le quita ni con esas culebras que tenía en la
cabeza.
Percy
Jackson me hizo pensar, como católico, en la necesidad de una
película que muestre a los adolescentes de hoy la importancia y el
valor de ser cristiano, sin caer en sentimentalismos ni prédicas
estúpidamente moralizantes, ojalá y el Señor nos conceda otra
película que nos haga sentir eso, y que no sea tan exageradamente
sanguinaria como “La Pasión de Cristo”.
Maiquel
Yojáinder Machado Palmar. Periodista / crítico de cine
Publicado inicialmente en la revista Familia Cristiana, Digital,
de la Sociedad de San Pablo de Venezuela, en marzo de 2010

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