Astroboy
El
héroe de los cincuenta ha regresado, y esta vez derrochando ciencia,
tanto por los efectos especiales y la tecnología de punta con la
cual está hecho el filme, como por los dilemas científicos que
plantea y con los cuales llegó para quedarse.
Las
disyuntivas éticas presentes en la trama son muchas, y hay que
meterles lupa con mucha calma, para poder obtener la base para una
buena discusión. El primer dilema es referido a las circunstancias y
la manera en la cual el robot es creado: Un científico (el dr.
Tenma) pierde a su hijo verdadero, ante lo cual no se resigna, y crea
(¿juega a ser Dios?) un sustituto robot mediante los recuerdos y
memorias genéticas obtenidos del adn de su hijo perdido.
En
este primer nudo se plantea uno siguiente, que a mí me remitió al
clásico literario de Mary Shelley, Frankenstein, por el tema
de el hombre que juega a ser Dios y se arrepiente de lo que ha hecho,
dejando un ser creado y vivo, por procedimientos artificiales, con la
necesidad de ser, con todo lo que esta palabra encierra, entre ellas,
la de amar, ser amado, tener una identidad y encontrar su lugar en el
mundo.
La
política, el juego de intereses entre quién paga y quién tiene
derecho a beneficiarse de la ciencia y sus resultados; la creación
de un ambiente artificial con soluciones paliativas, pero no
correctivas a los problemas del hombre se dejan ver ahí, sobre todo,
con la cultura consumista del desecho siempre presente, esta vez
victimizando a los robots, como blanco alegórico.
En
cuanto a la victimización del robot se plantea también el
surgimiento de viejas ideologías, extremistas por cierto, de parte
de algunos robots desfasados de la realidad, pero con derecho a ser,
y a plantear su inquietud, claro, que aquí está caracterizado de
una forma muy irónicamente ilustrativa. Me hizo recordar a muchos
“activistas” que pretenden ser “revolucionarios” sin darse
siquiera la oportunidad de escuchar al otro, y de tener una visión
objetiva de los hechos históricos, y que pretenden verlo todo a
través de su ideología, en muchos casos reduccionista y exclusiva.
Sinceramente
me encantó el tema de la solución paliativa a la contaminación,
mediante la creación de una ciudad artificial, aparentemente
paradisíaca, en oposición al mundo real, el cual se presenta
cubierto de desechos y olvidado, pero siempre dando la posibilidad de
recuperarlo, siempre precedido por un esfuerzo común, es a mi modo
de ver lo más importante.
La
explotación al robot, en este caso: exhibido como un ser al que se
le cuestiona su identidad, se le trata como un ser de categoría
inferior. La deshumanización del humano, por ser éste un ser
utilitarista, capaz de crear cosas de las cuales ni él mismo puede
predecir sus consecuencias, como seres de inteligencia artificial,
capaces de sentir, a los cuales, luego de llegar a depender de ellos,
se pretende minimizar su dignidad bajo el pretexto de una
inferiorización y subcategorización de corte utilitarista.
La
soledad de los niños y adolescentes y la de tener un amigo, y guías
que los orienten al futuro se deja entrever en cada uno de los
personajes humanos, y también en algunos robots que se sienten sin
un propósito en la vida.
Como
pueden ver, no es una simple caricatura para pasar el rato, aunque sí
logra hacerlo, el humor está presente, y de una forma muy fina y
bien hilada. Recomiendo verla en familia y comentarla.
Maiquel
Yojáinder Machado Palmar, periodista / crítico de cine
Publicado inicialmente en febrero de 2010, en la revista católica digital de la Sociedad de San Pablo de Venezuela, Familia Cristiana, Digital

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