Izquierda (trasnochadísima) en Alto Contraste, debió haber sido el
nombre real de la película. De verdad que tenía para dar, el guión
era sólido, y las figuras que en él actúan eran de primera, pero
lamentablemente se quedó en ser una historia para, como vulgarmente
se dice “tirar púas”.
Muerte
en Alto Contraste narra la historia de un joven a quien, en la década
de los ochenta, le matan sus padres, por estar en la selva, formando
parte de la guerrilla, y defender los ideales de izquierda
(¿mártires?). Los ejecutores son una brigada especial llamada
“Grupo La Onza”, el cual, perpetuó grandes golpes al
narcotráfico en aquél tiempo, pero luego se corrompió y todos sus
miembros terminaron metidos en negocios turbios.
Hay
un supuesto bueno, que al final es malo, quien aparece metido varias
veces metido en una iglesia, dando signos de aparente devoción,
resulta que al final ese malo tan malo termina diciendo “yo estaba
del lado de los demócratas” y su contraparte, el bueno, le dice:
“que yo sepa tú siempre has estado de tu bando”.
El
bueno de la película, es un policía que decide tomar la justicia
por su mano, y ataca entonces en las acciones que hace a los miembros
de este grupo, ahora corruptos, y mientras tanto cuece una historia
de amor con la hija de uno de los malos. El cual, por cierto, estaba
siempre rodeado de guardaespaldas que, de una u otra forma, recordaban a
los malos de la película “Cocodrilo Dundee, 2”.
Hay
un periodista que como personaje da un vago sabor a esos periodistas
de las series norteamericanas, en especial las de cómics, que
siempre están buscando una historia que les catapulte a la fama.
Ahora
cuando se habla más que nunca de la necesidad de una lucha contra el
crimen, se representa a un grupo de los ochenta que se corrompió,
uno de los malos usa una fundación “como mampara de sus negocios
turbios”, es decir, cuando ahora se habla de las ONG, y todos ellos
terminaron siendo ejecutivos.
Para
terminar el redondeo, la historia da a entender que los malos siguen,
y por lo tanto el protagonista debe “desaparecer” por un tiempo,
es decir, algo así como un “cuidado señores” que los corruptos
de cuello blanco (y no son de izquierda, ni se les ocurra pensar eso) siguen haciendo de las suyas.
No
me gustó, el guión daba para más, y detesto que haya estado tan
cargada de ideologías trasnochadas y de gente que vive de hacerse la
víctima, pero no tiene más respuesta para la necesidad espiritual
del hombre que poner el icono de un guerrillero sanguinarios muerto,
de otras latitudes.
Maiquel Yojáinder
Machado Palmar, periodista / crítico de cine
Publicado
inicialmente en la revista Familia Cristiana, Digital, de la Sociedad
de San Pablo de Venezuela, en diciembre de 2010

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